Con un cierto retraso, como es habitual, nos está llegando al sur de Europa el eco de lo que en los Estados Unidos se viene denominando “Culture Wars”, pero que aquí deberíamos tildar más castizamente de “Reacción” sin paliativos, puesto que no se trata de otra cosa cuando se convoca a los convencidos a una manifestación multitudinaria tras otra cuyo sentido es político, antidemocrático y antihistórico aunque se disfrace de religioso.

El pretexto es la “defensa de la familia”, supuestamente amenazada por leyes como las del divorcio, las de extensión de derechos civiles a los homosexuales, el aborto o la asignatura de Educación para la ciudadanía.

No tiene lógica alguna que se culpe a determinadas leyes de efectos deletéreos cuando no tienen relación alguna con el objeto de que se trata: a nadie se le obliga a divorciarse o a abortar, son simples posibilidades electivas y la regulacón de las mismas suele ir muy por detrás de la realidad social en todos los casos. Sensu contrario, no es mínimamente creíble que un divorcio más difícil fuera a mejorar las relaciones matrimoniales, ni que la prohibición del aborto consiguiera otra cosa que enviarlo a un siniestro mercado negro. En ningún caso la desaparición de estas leyes serviría para hacer parejas sólidas, aumentar la natalidad o convencer a los homosexuales de que lo son por gusto y de que deben acudir a “terapias” de conversión.

Los mensajes catastrofistas que se lanzan en estas ocasiones parten del dogma, no de la razón: la “familia” a la que se hace referencia no es más que una abstracción teórica, imaginada como el grupo familiar predominante entre las clases medias de los años 50 y 60, descrito con colores favorecedores, sin las tensiones, los problemas y las hipocresías que han disuelto más tarde muchos de ellos. ¿Hay que decir que sólo se hace referencia a una familia católica (o cristiana integrista) idealizada?

La realidad es otra: hay muchos tipos de familia porque ha desaparecido la antigua rígida división de papeles, el sometimiento de la mujer y muchos de los prejuicios que rodeaban al sexo, la maternidad puede elegirse y regularse, no hay diferencia entre hijos legítimos e ilegítimos y el matrimonio es una opción no obligatoria para la respetabilidad social. Es decir, que son las leyes las que se acomodan a una realidad, no las que la producen.

El repunte de la maternidad en los países escandinavos, en los que no se casa más del 50% de la población y en los que leyes similares están vigentes hace mucho tiempo, desmiente las predicciones negativas. Un buen sistema de guarderías públicas y horarios laborales más racionales son mucho más decisivos para la felicidad familiar que el restablecimiento de prohibiciones basadas en anacrónicos modelos teóricos.

Hace mucho tiempo que la cúpula de la iglesia católica vive de espaldas a una realidad que se le escapa, de aquí que, como poder fáctico que sigue siendo, intente hacer presión reuniendo multitudes donde puede… que no es en Estocolmo, por ejemplo, pero no olvidemos que una plaza llena no es una mayoría electoral, sino una minoría, aunque esté compuesta por mucha gente. No olvidemos tampoco que los católicos practicantes que van quedando son en una elevada proporción cada vez más afines al Opus Dei, los Kikos, los Legionarios de Cristo, etc., es decir, cada vez más integristas.

Los obispos, que no se sienten nada a gusto con la democracia, no defienden a las familias reales sólo a sí mismos con sus privilegios.

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Tags: Catolicismo, Confesionalidad, Sociedad

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