La sentencia del tribunal de Estrasburgo sobre el crucifijo en una escuela italiana está levantando ampollas en varios países, lo que demuestra que una verdadera secularización, incluso en esta Europa tan agnóstica, no se ha alcanzado aún. Son muy pocos los estados que, como Francia, tienen unas leyes claras de laicización, en vigor desde principios del siglo XX, pero incluso allí uno se topa con las resistencias hipócritas de parte de la sociedad, que repite argumentos religiosos malamente disfrazados de científicos, sociológicos o identitarios, a abandonar puntos de vista y conductas que contradicen la neutralidad ante las creencias o la falta de ellas. Los políticos laicos franceses del 1900 pretendían independizar las leyes y los espacios públicos de la interferencia católica y en gran parte lo consiguieron, pero el miedo al Islám y a los cambios de costumbres hacen a muchos decir considerables tonterias, cuando no caer directamente en la xenofobia, el machismo y el antifeminismo.
Fuera de Francia la situación es irregular, pero el alto agnosticismo real de la sociedad convive con una presencia mayor o menor de los símbolos religiosos de la religión dominante, que es el cristianismo en sus diversas variantes. Dado que han estado siempre allí muchas personas ni siquiera los ven y, cuando llega una sentencia como la que citamos, se sorprenden y se preguntan qué importancia puede tener un crucifijo de más o de menos, actitud que aprovechan los dogmáticos para hacerse las víctimas y acusar a los que propugnan el laicismo de intolerantes.
Pocos españoles, por ejemplo, son conscientes de que su país está repleto de una simbología confesional que afecta desde las ceremonias de estado hasta casi cualquier fiesta pública, con el resultado de que se sigue enalteciendo y privilegiando una religión que muchos no practican, si bien sus jerarcas mantienen un poder de interferencia que se apoya entre otras cosas en este presunto arraigo social que a veces sólo es folklore, pero que consolida la falsa idea de que la sociedad no puede controlar ni un poco las creencias tradicionales.
Nadie tiene porqué padecer fes ajenas. que cuando invaden la esfera pública en un cierto grado se convierten en contaminación ideológica que puede resultar desagradable, o claramente tóxica cuando intenta influir en la legislación con un sesgo determinado, siempre en contra de lo diverso.
Hay que repetir sin cansarse que el laicismo es el que garantiza la libertad y no lo contrario.

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Tags: Confesionalidad, Educación, Religión

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