Si nos pusieramos estrictos con lo que significa ser católico, la Iglesia Católica en Argentina tendría sus días contados. Pero no lo está porque la gente insiste en seguir los ritos católicos (especialmente el bautismo) aún cuando dice abiertamente estar en contra de los curas, el papado, e incluso contra los evangelios. Como si estos no fueran los que definen a la Iglesia.
Es que tenemos esa cosa italiana (y lo digo siendo tana) en la cultura de que las cosas nunca son lo que dicen ser. Por ejemplo, las leyes no son reglas sino apenas sugerencias. Y la religión se toma como un conjunto de ritos de paso en los que poco importa si uno adhiere o no al simbolismo, ideas o creencias que están detrás.
Este teismo apático permite sin darse cuenta que la Iglesia sea la fuerza que es, que no haya leyes decentes sobre la salud reproductiva, la muerte digna, la homosexualidad, que se metan en la educación aunque ésta este ideada para ser laica o, mejor dicho, atea (sin religión) y que la Iglesia no cumpla ninguna de las obligaciones que tienen las otras religiones (empezando por pagar impuestos).